Por: Daniel Támara

Fue en ese momento, al ver los rostros confundidos de sus hermanos, sus ojos llenos de miedo e incertidumbre, sus cejas levantadas como si quisieran acariciar sus frentes; fue en ese momento, digo, que comprendió que la vida es un recuerdo y la inmortalidad, otra forma de nombrar a la memoria.

Tendría 13 años, tal vez, quizá un poquito más, quizá un poquito menos. Ya no lo recuerda bien. La vida, dice, no se compone de años sino de momentos. Hay segundos, brevísimos segundos, que duran para siempre.

Y esa vez, al ver las lágrimas rodar por las mejillas de sus hermanos, sólo se atrevió a decir una frase que cargaría en su memoria con el peso de aquello que no se puede olvidar: «mamá no se ha ido. Mientras aparezca en nuestros recuerdos, será inmortal».

Nunca hubo cosa más importante para ella que recordar. El olvido, según lo fue comprendiendo con el tiempo, era la verdadera muerte. Y nada le fue más reconfortante que reconocer en las imágenes que aparecían por su mente sus propias huellas vida.

Pero ahora las cosas son algo distintas. Ya los momentos se acumularon en su rostro dejándole tenues líneas que acompañan sus gestos con pinceladas de ternura. Sus labios perdieron grosor y sus ojos se volvieron cada vez más pequeños.

Sus dientes, tal vez gastados de tanto reír, porque hasta la sonrisa se va gastando con el tiempo, se fueron cayendo como hojas en otoño. Y sus cabellos, decolorados por tantos atardeceres, se han puesto cada vez más blancos.

Nunca fue muy alta, pero ahora da la impresión de que jamás dejó de ser una niña. En sus brazos, como sombras de la piel, pequeñas manchas, que no se tocan entre sí, se pelean el espacio

Y su mente y sus recuerdos, agotados por la inmortalidad, empezaron a perder finura. Se volvieron borrosos, confusos, irreconocibles. Es la sensación, dice ella, de que la vida se va apagando poco a poco.

Le gusta hacer sopas de letras, también descifrar los crucigramas de los periódicos y colorear figuras con el cuidado de quien no quiere salirse de los bordes. Le han dicho, quienes pretenden descifrar los secretos de la mente, que esas actividades ayudan a alimentar la memoria.

Pone alarmas: para despertar, para cocinar, para las pastillas, para pausar en su mente por unos instantes los recuerdos que está apunto de olvidar. Para sentir en la fuerza de sus pensamientos la vitalidad de la niñez.

Todas las mañanas, después de orar, se toma unas pastillas que, según le han dicho, le ayudan a la memoria a retener imágenes y darles algún significado. Y, en la tarde, luego de almorzar, se sienta en un viejo sofá a escuchar alguna canción que la llene de recuerdos.

Y en las noches, antes de ponerse la mascarilla del oxígeno, recibe las llamadas de sus hijos que le preguntan cosas que ya no recuerda y le cuentan otras que seguramente olvidará al amanecer.

No se elige lo que se recuerda, suele decir cada vez que tiene oportunidad, y esa puede ser la verdadera condena de la humanidad. La muerte de su madre, por ejemplo, la tiene fresquita, llena de detalles, como si no hubiese ocurrido hace muchos años, sino que se repitiese todos los días.

No se elige lo que se recuerda, insiste, y cada día de la madre se viste de negro, porque cada momento parece la primera vez, y cada primera vez, el infinito. Su mamá, como se entenderá, vivirá eternamente en sus recuerdos.

La mente es caprichosa, puede ser, y recuerda sólo aquellas cosas que trazaron el camino de la vida. Y ella, mientras olvida qué hizo después rezar, se siente viva con los recuerdos que la acompañarán como las hojas que, a pesar del otoño, no abandonaron la rama del árbol.

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