Por: Daniel Támara

Se despertó a eso de las cuatro de la mañana, aunque las manecillas de su reloj, según ella, ya marcaban las cinco. Siempre fue así y, por eso, nunca llegó tarde a ningún lado. Lo primero que hizo a las cuatro, o a las cinco, fue quitarse la mascarilla que le provee oxígeno durante la noche y le recuerda a su alma, escapada de la vida por unas horas, que debe volver al amanecer.

Se levantó despacio, por aquello del dolor en las rodillas, y miró la ventana para contemplar el día o para reconocer a algún vecino madrugador o quizá para perderse en la nada y simplemente pasar por su mente las sobras de aquellos sueños nocturnos que está a punto de olvidar.

Sus pijamas, generalmente, son de material de algodón. Las tiene rojas, para recordar al antaño glorioso Partido Liberal, pero también las tiene de varias tonalidades de azules, menos el rey, que lo relaciona con las muertes que presenció cuando el Partido Conservador estuvo en el poder.

Pero esa mañana, en particular, llevaba una pijama color fucsia, que la hacía ver como una niña. Antes de ir a preparar el desayuno, observó la imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, que la tenía colgada en una de las paredes de su cuarto, cogió uno de los escapularios depositados en el primer cajón de su mesita de noche y cerró los ojos.

“Señor, en tus manos encomiendo este día”, dijo en voz muy baja para no despertar a su esposo y deslizó sus manos como intentando rehacer cada una de las bolitas marrón que adornaban aquel escapulario. Lo apretó fuerte y pasó por su mente varias imágenes nítidas, atemporales, y reconoció en cada una de ellas a un miembro de su familia.

Ese día no pudo salir, como tampoco pudo hacerlo al día siguiente, como tampoco podrá hacerlo por un buen tiempo. Y por eso también rezó. Y le pidió a Dios, su Dios, el Dios de todos, que pase rápido todo lo que tenga que pasar; que se haga su voluntad y que nada le pase a su familia. Amén.

De pronto, sonó su celular. El ruido era un recordatorio, un brochazo para la mente cansada por los años, porque no hay nada que agote más que el pasar de los años. El tiempo, si se permite el atrevimiento, no es más que una forma de medir el cansancio.

Sin embargo, aquel sonido era sólo una alarma. “El medicamento”, recordó ella, y bajó de su armario una especie de cubo transparente sin parte superior que albergaba varias cajas y sobres de pastillas, que parecían pelearse entre sí en busca de un espacio.

Se puso sus gafas cuadradas, de marco dorado y patas color negro, para buscar con mayor claridad el sobre indicado. No sea que se tome otra pastilla, la de la tensión o la del corazón, a una hora equivocada. No sea que confunda el medicamento para las rodillas con el de la columna. No sea que piense, así sea un instante, que no tiene mucho sentido medicarse.

Hace rato que no va al médico, pensó en ese momento, porque hay un virus que amenaza su vida y la de su familia y la de sus vecinos y la de su país e incluso la del mundo. Todavía no entiende muy bien en qué momento la gente dejó de morirse de “muerte natural”. Así era más sencillo. O fallecías sin saber por qué, o te mataban, también sin que supieras muy bien por qué. Así son los muertos de este país: se mueren sin saber por qué.

Pero ahora saben un poco más: que el cáncer, que el sida, que los paras, que la guerrilla, que el Ejército, que el Gobierno. Y ahora que el Coronavirus.

A ella no le da miedo la muerte. O por lo menos eso dice. Cuando toca, toca, y el tiempo de Dios, que es el más cansado de todos, es perfecto, preciso, inmisericorde. Si el virus mata sin distinción, Dios lo hace sin corazón.

Se tomó la primera pastilla del día a eso de las seis, o de las cinco, o tal vez de las cuatro, porque el tiempo en cuarentena desapareció. ¿lunes, martes, jueves, sábado? Quién sabe. El desayuno se volvió almuerzo y el almuerzo la cena y la cena el desayuno.

Antes de entrar a la cocina, se sentó un rato en una de las sillas de la sala, intentando ubicar su bastón. Era metálico, plateado, con unos círculos pequeños en la mitad, que resaltaban como si fuesen teclas de un acordeón. Miraba para todos los lados, como un niño que busca su juguete nuevo. Y nada.

Entonces pensó que bien podría quedarse en aquel sofá y esperar que el tiempo pase. Y sonrió sin entender muy bien por qué. Y en ese instante reflexionó que tal vez el tiempo sólo es un invento para definir la vejez. Y que la mejor forma de volver al pasado, quizá, sea encontrar en la propia sonrisa los recuerdos de la niñez.

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