Ilustración: Ángelica Hoyos

La vida me dio unos abuelos de relación a distancia pero me regaló a las mejores abuelas que pueda tener. Ambas polos opuestos porque vienen de realidades distintas. Se llevan casi 20 años entre ellas y cada una me ha dado todo lo mejor de sí misma.

De abuelos, nada… uno o dos recuerdos.

Cuando era niña y me preguntaban por mis abuelos, no tenía mayor información que la de sus nombres. Cuando preguntaban por mis abuelitas, todo me era familiar: podría describir el perfume de mi abuela paterna con solo recordar cómo era su habitación hace 15 años. De mi abuela materna podría sentir exactamente el sabor del sudado que solo ella sabe preparar o de sus uñas tan perfectas cuando me ayudaba con mis tareas.

Antes me preguntaba cómo sería abrazar al padre de mi padre, ¿sería igual que mi papá pero con pelo blanco y olor a uva pasa? De las pocas veces que pasó ya no queda el recuerdo y tal vez es muy vago para intentar escribir algo que no es acorde a la realidad.

Tendré la duda de ese amor fraternal que se ve en las películas, el abuelo que da dulces, el que te cuenta historias, incluso el abuelo gruñón que no te quiere. Me conformo con saber que tengo dos abuelos y que sus decisiones los llevaron a alejarse de mí y que más tarde, mis decisiones no me acercaron, porque es difícil incorporar a alguien cuando solo lo conocías por fotos o lo veías una vez al año.

De abuelas, todo…lo bueno y lo malo

Mis recuerdos de la infancia que son los más felices, son junto a ellas. Jugando, viendo televisión, organizando, cocinando (ella cocinando y yo mirándola en silencio), cómo era estar en su cama, acompañarla a jugar en la máquina extraña que llamaban computador, regando sus plantas, riendo, escuchando historias, haciendo chocolate a las tres…

De tener una abuela, lo sé todo y por partida doble. Siempre que la necesitas está para ti, sin recibir nada a cambio. Te lo ofrecen todo y aunque se intente ser recíproco, es imposible pues su amor no tiene límite. No les cuesta nada, siempre están dispuestas a entregarte un consejo, una sopa caliente en días difíciles y, aunque no son mucho de abrazos, te dan lo más valioso: tiempo.

El tiempo que a veces yo pierdo, que a veces no uso para una llamada, dos minutos de mi día para escribirles un mensaje, que claro, están esperando; porque siempre esperan lo mejor de ti, porque te conocen desde que naciste y saben que estás hecho para lo mejor, porque para ellas, tú eres especial.

Aunque las especiales sean ellas. Por su trayectoria difícil hasta el hoy, por lo que han visto sus ojos, por la sabiduría de sus palabras y por su mirada cargada con amor y sin interés y su incansable lucha diaria.

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