*Artículo publicado en Blogs El Tiempo: «La soledad del adulto mayor migrante»

Hace un tiempo tuve la oportunidad de trabajar en una emisora en Europa. Durante mi estadía en el viejo continente logré conocer la problemática de los adultos mayores migrantes que viven allí. Encontré seres humanos maravillosos, muchos de mi región, Sur América. Sus historias son una reflexión que gira en torno a la situación de aquellos que salieron de su país y hoy viven el ocaso de su vida en tierras extranjeras.

La peor tusa es la de aquel que tiene su corazón en un lugar diferente del que nació. A mediados de 2019, la cuenta de migrantes internacionales ascendía a 271,6 millones, 11,8 % de estos migrantes son adultos mayores, algunos de ellos no quieren volver al país que los vio crecer o donde aún viven sus familias, otros se decidieron por la soledad en países que ofrecen calidad de vida.

A pesar de residir en un país desarrollado como España, la tasa de desempleo allí es la tercera más alta en el mundo y corresponde al 13,7 % a diciembre de 2019, más de tres puntos porcentuales comparado con Colombia; en este país europeo la población mayor de 54 años es la que más carece de empleo. En el mundo, hay más de 271 millones de personas que no volvieron a casa.

Lo que afecta a los adultos mayores no solo es el desempleo, el hambre o la falta de techo. Lo que desgasta una mente es la soledad. Muchos de ellos son migrantes, la mayoría de los países del sur de América. Se reúnen en el primer piso de una casa que, sin ánimo de lucro, brinda onces a quienes acuden. La fundación se llama A las cinco, y es que es a esa hora que niños, familias y abuelos llegan para recibir un saludo caluroso de los voluntarios y los amigos que ya han hecho allí, las tardes se convierten en un escenario colmado de historias, reflexiones y hasta reclamos.

Tardes de historias

Los adultos mayores que un día fueron navegantes, empresarios o, incluso, filósofos con doctorado se reúnen en Vigo, una ciudad en la costa de España, a las cinco de la tarde, para tomar café y algo más: para hablar de su día a día, del pasado y para debatir de política o religión. Lugares como este son ejemplo de la necesidad de los mayores a nivel global.

Don Miguel Ángel no quisiera volver nunca a su país de origen. En Chile vive su esposa e hijos y llegó a Vigo trabajando como navegante hace muchos años. Hoy tiene 66 años; propone varias ideas para dar solución al desempleo.

Antes de reunirse para el café, don Miguel se levanta muy temprano en un albergue del estado, se ducha y le dan un café en señal de que debe marcharse, da un paseo hasta la biblioteca y lee libros; sus favoritos son los que hablan de la inteligencia emocional y los de autoayuda. Confiesa que está enamorado de España y de Vigo, suele referirse a la ciudad como un perfume. Está agradecido con las personas que le ayudan sin esperar nada a cambio y dice, entre silencios cortos, que se ve en sus ojos que les nace del corazón.

Jesús, por su parte, se levanta cerca de las doce, se define como «jubilado de larga duración» porque se cansó de buscar un empleo. Va a un comedor comunitario y vuelve a su “chiringuito”, es okupa desde hace tres años. Pasa por la biblioteca o vuelve a su chiringuito a ver la televisión o a leer un libro, solo si encuentra algo interesante.

Estudió tres años de medicina en la Universidad de Granada. Jesús trabajó en relaciones públicas por su buen nivel de inglés. Tiene en mente cifras y datos de España y del mundo. No se reserva su opinión para los países de izquierda. Afirma que en España no miran a los que tienen más de 60. “Están anulados por completo en lo laboral”, dice.

Miguel Ángel asegura que con cuatro horas que les den de trabajo saldrían de su situación. “No por el dinero sino por estar ocupados, necesitamos mostrar nuestra experiencia, hacer un aporte a Vigo”, así como la ciudad que lo vio llegar le ha brindado.

Jesús y Miguel tienen en común su soledad, su sonrisa sincera y un dolor en el corazón que tiene que ver con sentirse laboralmente inútiles y que la sociedad los mire y no los sienta. Uno español y otro chileno, se sientan a la misma mesa a tomar café porque, entre otras, una empresa decidió que su tiempo había sido suficiente.

Lejos de sus seres queridos andan entre albergues y fundaciones. Empresarios o navegantes. Extranjeros y españoles. La soledad no elige. La vejez llegó y sus corazones se sienten heridos. A veces un café y una charla cambian su día y hace más llevadera su tusa, aunque tienen claro que no volverían a sus países de origen.

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